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| Abigail Dean |
No me conocéis, aunque habréis visto mi cara. En los primeros retratos machacaron con píxeles nuestra imagen hasta la cintura; incluso nuestro pelo era demasiado característico para mostrarlo. Sin embargo, cuando la noticia y sus guardianes perdieron interés, resultó fácil localizarnos en los recovecos más sombríos de internet. La fotografía preferida era una tomada delante de la casa de Moor Woods Road un día de septiembre a última hora de la tarde. Salimos en fila los seis y, mientras nuestro padre preparaba la composición, nos colocamos por orden de estatura, con Noah en brazos de Ethan. Pequeños fantasmas blancos que se removían con el impacto del sol. La casa reposaba detrás de nosotros bajo la última luz del día, con sombras que se extendían desde las ventanas y la puerta. Miramos inmóviles a la cámara. Tendría que haber sido perfecto, pero, un instante antes de que nuestro padre pulsara el botón, Evie me apretó la mano y volvió la cara hacia mí; en la fotografía está a punto de hablarme y en mis labios empieza a dibujarse una sonrisa. No recuerdo qué dijo, aunque no me cabe ninguna duda de que más tarde lo pagamos.




































