Sinopsis:
Clarita ha pasado treinta años trabajando en un banco, aferrada a una precisión casi invisible, en un mundo estrecho donde cada gesto está previsto de antemano. Solitaria, meticulosa y acostumbrada a ocupar poco espacio, encara su último día antes de la jubilación como quien se asoma a una frontera incierta: al otro lado no imagina una etapa nueva, sino un vacío difícil de nombrar.
Pero esa jornada, que debía transcurrir entre adioses desganados, humillaciones constantes y la inercia de una oficina implacable, se ve alterada por un suceso inesperado. Obligada a reaccionar, Clarita se aparta del papel que otros le han asignado y que ella misma ha aceptado durante demasiado tiempo. En unas pocas horas, aflora algo que parecía dormido: una inteligencia, un deseo, la rabia, un atisbo de libertad.
Con intensidad psicológica, mucho humor y un prodigioso sentido de la intriga, Rosa Montero nos ofrece una conmovedora historia de reafirmación y transformación. Podría ser el cuento de un patito feo que deviene en cisne, aunque es más bien el de una insólita rana transmutada en tiranosaurio.
No soy una gran lectora de Rosa Montero. He leído muy poquitos libros de ella y aunque me gusta cómo escribe, tampoco me han entusiasmado, pero me animé con Un día en la vida de Clarita porque era muy cortito (tanto que yo diría más bien que es un relato largo) y oye, no ha estado mal. Es una historia que se lee en un suspiro y la autora ha conseguido que me interesara por esta mujer que tras treinta años de trabajo en un banco está a puntito de jubilarse y cuyo último día laborable espera que sea tan anodino como lo han sido todos los anteriores.
Y no se puede contar más, primero porque la historia es demasiado breve para destriparla y segundo porque la propia autora nos pide al final del libro que no revelemos más de la cuenta. Así que tendrás que leerlo para saber qué ocurre ese día tan especial.
Lo que sí me ha dejado pensando es cómo podemos compartir durante tantos años un mismo espacio con otras personas y, en realidad, no saber absolutamente nada de ellas. No digo que tengamos que convertirnos en íntimos de todos nuestros compañeros de trabajo, pero de ahí a ser prácticamente invisible hay un trecho, o lo que es peor, que los demás se monten una película sobre quién y cómo eres, que no se parezca en nada a la realidad, o que seas tú el que lo haga con los demás. Clarita me ha hecho pensar precisamente en eso: en todas esas personas a las que creemos tener caladas y que quizá esconden mucho más de lo que dejan ver.
La prosa de Rosa Montero me ha gustado, es ágil, cercana y tiene ese punto de ironía que hace que una historia tan sencilla mantenga tu atención y luego introduce algo que nadie se espera (ni lectores ni personajes) y que hace que un día que parece uno más, sea algo… diferente.
Eso sí, tengo que reconocer que me habría gustado que la historia se alargase un poquito más, sobre todo al final. Cuando estaba empezando a cogerle el gusto, me he encontrado con el final. Y el desenlace, para qué engañarnos, me ha resultado algo sosete. Me he quedado con la sensación de que Clarita merecía unas cuantas páginas más.
En definitiva, Un día en la vida de Clarita me ha parecido una lectura interesante, que te puedes leer del tirón sin complicaciones y que a pesar de ser tan cortita, da para reflexionar.
La humillación envenena y transforma, es lo peor que puedes hacerle a un ser humano, porque lo conviertes en un esclavo de su propio odio. La humillación es el motor del mundo. Tras la más horrible de las guerras late la imborrable e insoportable quemadura de alguien humillado.
En su «Biografía de Tadeo Isidoro Cruz», Borges dice que cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento, el momento en que el hombre sabe para siempre quién es.

































