Sinopsis:
Pierre Lemaitre culmina con Grandes promesas la exitosa y monumental saga dedicada a la familia Pelletier y «Los años gloriosos», un proyecto que, desde su inicio con El ancho mundo, ha conquistado a cientos de miles de lectores. En esta entrega, el autor vuelve a deslumbrar con una novela que combina historia, emoción y suspense con una naturalidad y una fuerza narrativa poco comunes, y que sitúa su obra entre las más ambiciosas de la ficción contemporánea.
Todo comienza con un incendio, un bebé… y un jabalí. Un inicio fulgurante que abre paso a un país en plena transformación, donde las obras que redefinen París conviven con la lenta erosión del mundo rural. En ese entorno cambiante, la familia Pelletier afronta decisiones que ponen a prueba afectos y aspiraciones. François, Jean, Colette, Philippe y quienes los rodean avanzan por años de prosperidad aparente, marcados por un progreso que deslumbra tanto como inquieta. Y, fiel a su manera, el gato Joseph continúa ahí, vigilante, como si supiera que, entre los Pelletier, un secreto sombrío, arrastrado desde un hecho irreparable y largamente oculto, está a punto de salir a la luz.
Con su dominio del ritmo, la emoción y la ironía, Pierre Lemaitre guía a los Pelletier hacia un desenlace inesperado, trazado con una precisión que mantiene la tensión viva hasta la última página.
Los años gloriosos 4
¡Qué pena me da escribir esta reseña! Con "Grandes promesas" llegamos al final de la tetralogía “Los años gloriosos” de Pierre Lemaitre, una historia en la que hemos acompañado a la familia Pelletier a lo largo de casi dos décadas y a los que confieso echaré de menos (incluso a Geneviève y sus maldades). Creo que esta era una novela muy necesaria y ha sido un muy buen cierre para una serie que en general valoraría casi con las 5 estrellas. La he disfrutado muchísimo desde el principio y tenéis reseña de cada libro en el blog.
Desde "El ancho mundo" veníamos arrastrando un “pequeño problemilla” relacionado con Jean Pelletier también conocido como “Gordito” y creo que no hay un lector que no estuviera deseando saber cómo se iba a resolver este entuerto antes de poner punto final a la tetralogía. Mientras leía he ido barajando diferentes posibilidades para esta trama, pero reconozco que la opción elegida por Lemaitre me ha convencido del todo, aunque la que había elegido “Gordito” también me resultaba muy interesante.
Una vez más, y como denominador común en las cuatro novelas, lo mejor de esta serie son sus personajes, unos personajes que ya conocemos muy bien y por eso quizás he echado un poco en falta más presencia por parte de Hélène, la hermana de Jean y Francois. Sin embargo me gustaría mencionar a uno del que no he hablado en ninguna de las otras tres reseñas, Joseph el gato, que ha estado presente en cada paso de esta familia y que en este cuarto libro se las tiene que ingeniar para seguir coleando, aunque hay quien intente que deje de hacerlo ¡ja,ja! Lemaitre es un maestro dotando a todos de muchas aristas, pueden caerte bien o mal, despertar simpatía o un rechazo absoluto y a través de ellos explora las debilidades y ambiciones del ser humano, los dilemas morales, las culpas que soporta cada uno. Simplemente los convierte en personas de carne y hueso ante el lector.
Otra cosa que me ha gustado en cada libro es la ambientación y el trasfondo histórico. En este nos encontramos con un país y un París en pleno crecimiento. Las ciudades ganan terreno frente al entorno más rural y ese profundo cambio social y económico también tendrá consecuencias en una historia, que como ya es habitual en Lemaitre, combina un poco de todo, drama, historia, intriga, aprovechando, además, para tratar temas como el abuso, la corrupción, las apariencias, el poder, etc., pero eso sí siempre aderezado con un poco de humor.
Llego al final de la saga con alegría por haberla leído y disfrutado y con pena porque me despido de los Pelletier, pero espero volver a Lemaitre en cuanto decida regalarnos una nueva historia del género que sea. Es un gran narrador, un genio enlazando historias y emocionando a los lectores con su forma de escribir.
Algunos temperamentos, decía Víctor Hugo, no pueden amar por un lado sin odiar por el otro. Era su caso. En su descargo, hay que decir que era más fácil querer a la que tenía éxito que al que hincaba los codos sin obtener resultados.
Jean era de esas personas, y hoy en día sigue habiendo muchas, que creen haber pensado porque repiten lo que han oído.
Había leído Crimen y castigo: «El último juez de un hombre es su propia conciencia.
Geneviève tenía una idea muy personal del funcionamiento de la justicia: la concebía igual que su manera de dirigir los almacenes Dixie de République, a base de enchufes, arbitrariedades, amiguismos, tratos de favor y abusos de poder.

















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