Sinopsis:
En el adormecido pueblo costero de New Castle, New Hampshire, la vida del joven Billy Hasler, de diecisiete años, está a punto de dar un giro aterrador. Cuando su mejor amigo, David Spivey, hereda una misteriosa casa en una isla cercana, parece el lugar perfecto para pasar su último verano antes de irse a la universidad. Sin padres. Sin policía. Sin responsabilidades. Pero al indagar en el oscuro pasado de la isla, despiertan una antigua maldad que ha influido en generaciones. Lo que comienza como una inocente aventura veraniega pronto se convierte en una pesadilla.
Aunque la trilogía de “El cuarto mono” sigue siendo mi obra favorita de J. D. Barker, reconozco que “El pacto”, ha sido una lectura muy entretenida e inquietante que me ha gustado mucho, aunque quizás un poquito menos que la anterior (“Las abandonadas”). Me ha tenido enganchada a la historia y he disfrutado de esa mezcla de trhiller psicológico, terror sobrenatural y también de los dilemas morales que plantea la novela.
En esta historia encontramos un buen número de personajes que son adolescentes, pero que nadie se lleve a engaño, no me ha parecido para nada una novela juvenil, ni en la historia ni en la forma que está contada. Hay bastantes escenas que resultan perturbadoras, sobre todo si te imaginas a ti misma en ese lugar y hay una atmósfera bastante oscura que funciona a la perfección, sobre todo en lo que se refiere a la isla de Wood y a la única casa que allí se encuentra y que acaba de heredar David Spivey, el mejor amigo de Billy Hasler, nuestro protagonista. Desde el instante en que el lector se traslada a la isla, la sensación de que algo está mal es constante y dudar sobre lo que realmente estaba ocurriendo me ha gustado y mantenido atenta a la narración.
Es cierto que el inicio me pareció un poquito lento, pero poco a poco la historia se fue poniendo cada vez más interesante y terminó atrapándome por completo porque un lado tenemos todo lo que va ocurriendo en la isla con los chavales y por otro vamos descubriendo los oscuros secretos que esconde New Castle desde hace mucho tiempo. Además los capítulos no son muy largos y ayudan a que el ritmo no decaiga y que siempre te apetezca seguir un poquito más, sobre todo de la mitad en adelante, cuando empiezan a pasar “cositas” muy extrañas que no acabas de entender y encajar.
La trama está ambientada New Castle, un escenario real, que es donde reside J.D. Barker y algunas de las cosas y lugares que en ella aparecen existen realmente, al igual que la isla de Wood y la casa que allí se encuentra. Sobre esto habla el autor al final del libro.
La novela, además de ser entretenida, plantea cuestiones morales sobre hasta dónde serías capaz de llegar por cumplir tus deseos, qué serías capaz de abandonar, de dejar atrás, incluso de eliminar de tu camino para lograr lo que ansías. En este punto la inquietante figura de Emerson tiene mucho peso, las “reglas” que han que cumplir, la presencia de fantasmas… todo me ha gustado mucho, incluso la transformación que se va apreciando en algunos personajes a medida que se avanza en la lectura. Desde luego a Barker no le tiembla el pulso a la hora de llevar a sus personajes al límite y es imposible saber quién va a salir bien parado de la historia y quién no.
La verdad es que es una novela que he disfrutado, que consigue mantener la tensión, con algunos giros interesantes e inesperados y con un final que también me ha gustado y parecido coherente con todo el relato.
... un perro te morderá si se ve acorralado y tiene miedo, aunque haya sido tu perro durante toda tu vida.
—Es una ayuda que conozca usted las normas —dijo aún con lengua de trapo—. Mi querida mamaíta no se dignó hablarme de ellas hasta el día en que le llevé a su nieto a esa isla para que lo conociese. Hasta ese momento, yo pensaba que no eran más que chorradas de críos. Historias de fantasmas muy exageradas para que la gente se cague de miedo. Jamás habría llevado allí a mi hijo. Bien sabe Dios que no lo habría hecho.
«Las prendas con una edad inferior a los dieciséis años serán consideradas pertenencias».
Nos metíamos el miedo en el cuerpo los unos a los otros contándonos historias de fantasmas, un miedo de cojones. Por aquel entonces, pensaba que fuimos nosotros los que trajimos a Emerson la primera vez que vinimos con una güija, pero eso era una gilipollez: él ya estaba allí, esperando.

















No hay comentarios:
Publicar un comentario