La última cerilla (Marie Vareille)

⭐⭐⭐⭐⭐

Sinopsis:

Las cifras no mienten: tres de cada cuatro niños criados en hogares con violencia acaban siendo, ellos mismos, víctimas o agresores. Para no enfrentarse a esas probabilidades, Abigaëlle ha decidido retirarse del mundo. Desde los jardines del convento donde vive en reclusión, prefiere observar la vida pasar en lugar de participar en ella. 

A quien observa con más atención es a su hermano mayor, Gabriel. Sobre las ruinas de su infancia, él ha construido una brillante carrera como artista: un regalo para el mundo nacido de un alma torturada. 

Pero cuando Gabriel se enamora de la luminosa y encantadora Zoé Boisjoli, Abigaïl no puede evitar temer lo peor. Desesperada, se aferra a cualquier señal, por mínima que sea, vigilando atentamente por si la historia está a punto de repetirse. ¿Conseguirá evitar que ocurra lo peor… otra vez?

Es curioso como hay libros que te acabas cansando de ver en las redes sociales, sin que ello signifique sean los mejores y como otros pasan desapercibidos o al menos tienen mucha menos presencia. Creo que esto es lo que ocurre con “La última cerilla”, una novela que me ha encantado y desde ya me atrevo a decir que será de mis mejores lecturas de este año. Es una novela de la que es mejor no contar demasiado y a la que recomiendo acercarse un poco “a ciegas”. Lo que sí puedo decir es que, aunque curiosamente no me atrapó desde el primer momento, había algo en la atmósfera que rodeaba la historia que hizo que siguiera leyendo y no me equivoqué. Ha merecido mucho la pena porque me acabó dejando sin aliento. 

La historia es dura, no os voy a engañar, de las que remueven por dentro. Hablar sobre la violencia dentro de la familia y sobre todo, de las heridas que deja en los niños, siempre es terrible, y sin embargo lo que más destaca en esta novela es la forma en que está contado todo esto. No hay morbo, la autora no se recrea en las situaciones terroríficas que sabes que están ocurriendo, escribe con sensibilidad y con una delicadeza que hasta choca con la situación y por eso cala todavía más. Gabriel y Abi son esos niños y su situación resulta tan realista que inevitablemente empatizarás con ellos. 

La estructura de la novela es perfecta. Por un lado tenemos la narración de Abi, que en el presente está en un convento, por otro iremos conociendo partes del pasado con los diarios de su niñez que están escritos con tanta inocencia que, leídos desde la perspectiva de un adulto, duelen todavía más y hacen que se te forme un nudo en el estómago y por último y también en tiempo presente escucharemos la voz del Dr. Garnier y su paciente. 

Y, por supuesto, está "el giro". Un giro que no vi venir y que me dejó estupefacta, tanto que volví a releer algunas partes y entonces te das cuenta de que las pistas estaban ahí, pero la autora es tan hábil que yo no las vi venir y me llevó exactamente por donde quiso. Me ha encantado haber sido “engañada” tan magistralmente Es una novela dolorosa, intensa y muy emocional, con unos personajes tan llenos de matices que comprendes sus miedos, sus dudas y sobre todo intentas entender lo que tiene que haber sido crecer rodeado de violencia. 

La novela poco a poco va creciendo en tensión y termina siendo imposible de soltar, pero también deja espacio para una pequeña luz entre tanta oscuridad. Una lectura potente y necesaria que sin duda será una de mis mejores lecturas del año.
papá sí que tiene un trabajo de verdad. No está todo el día mano sobre mano como mamá cuando limpia la casa, cocina y hace la colada.

el trabajo de papá es muy serio. Gracia a él comemos y subsistimos; de lo contrario esta familia de inútiles estaría durmiendo debajo de un puente a causa de la maula de mi madre. Y entonces no nos haríamos tanto los listos.

Enterrar los recuerdos es como ignorar (o sea, no hacer caso) una pequeña herida que necesita que la limpies. Si no lo haces, puede haber una infección que luego se extienda por todo el cuerpo.

El tatuaje del brazo, "tres de cada cuatro", le recordaba todos los días las estadísticas que leía en los periódicos: tres de cada cuatro niños nacidos en un hogar con violencia acaban ejerciéndola a su vez o siendo víctimas de ella.

Es él quien le pega, quien la insulta y, a pesar de ello, es ella quien pide perdón... Nunca me había dado cuenta de lo extraño que es antes de escribirlo aquí.

Durante mucho tiempo, yo pensaba que todo aquello era perfectamente normal, que todos los padres daban bofetadas de vez en cuando a las madres cuando se les quemaba el filete o se les encogía una camisa en la secador. Que el amor y la violencia iban de la mano.

No hace mucho ruido el futuro de un niño que se deshace sobre un suelo de cemento.

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