Sinopsis:
La vida de Blanca se detiene tras la repentina muerte de su madre. Con cuarenta y dos años, debe afrontar un duelo que lo anega todo. No es solo el vacío inmenso de la ausencia; siente que la ha perdido demasiado pronto. Todavía les quedaba mucho por compartir y mucho por decirse De hecho, la última llamada -esa maldita última llamada- le ha dejado un sabor amargo, pues nunca pensó que se despediría así de su madre.
Ahora, mientras transita el duelo, esta diseñadora de interiores, separada y madre de un adolescente, se embarca en un viaje muy personal cuando, a raíz de unas misteriosas flores y unas viejas fotografías, descubre unos secretos de familia que la llevarán a repensar quién fue su madre, pero también a replantearse su propia vida.
Todo por hacer, es una novela muy realista que nos habla de algo tan universal como es la pérdida y el duelo. No busca la lágrima fácil en absoluto, sino que se siente como algo que tarde o temprano nos puede pasar a cualquiera de nosotros o alguien de nuestro entorno y además sin previo aviso, que es lo que le ocurre a la protagonista.
Blanca es una mujer de 42 años, vive en Madrid y de repente ve como su trabajo reformando viviendas, su papel como madre, todo su día a día queda en segundo plano cuando pierde de forma repentina a su madre. A partir de ahí, la novela se centra en cómo afronta esa ausencia: la culpa por lo que no se dijo o no se hizo una última vez, los recuerdos que cambian de significado y esa sensación de que la vida sigue aunque uno no esté preparado.
Es una lectura tranquila donde el dolor se muestra en pequeños gestos y pensamientos, pero que también deja abierta la puerta a la vida, a un futuro que durante el proceso del duelo puede parece imposible o lejano, pero que está ahí, porque la vida no se para y porque después de la oscuridad tiene que empezar a hacerse la luz en algún momento. Es verdad que no es una novela con grandes giros o emociones a flor de piel (me ha gustado especialmente que no caiga en lo lacrimógeno), pero es un libro muy agradable y sencillo de leer, además, tiene un punto de intriga que me mantuvo enganchada: esa confesión que la madre no llegó a hacerle y que planea sobre toda la trama hasta el final.
Todo por hacer, nos muestra algo por lo que tarde o temprano todos pasaremos, invita a reflexionar sobre los vínculos familiares, la memoria, lo que sabemos de nuestras familias y lo que nos quedaremos sin saber si no preguntamos a tiempo. Aunque para mi gusto le ha faltado un poquito de intensidad para llegar a emocionarme, reconozco que sin ser una lectura redonda, me ha gustado.
Dejar de oler a una madre es casi tan doloroso como dejar de verla.
Siempre te dicen que la fe se tiene o no se tiene, pero hay grises.
Desconocía, también, que existen resistentes estelas inmateriales que nos vinculan de por vida con nuestros progenitores.

















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